1. Directorio de empresas
  2. Ruta hacia el Cerro Buenavista por las Canteras de Puerto Blanco
  3. XVIII FESTIVAL INTERNACIONAL DE CANTAUTORES Y CANTAUTORAS
  4. Mi viaje, por John Johnson
  5. GRAN MUSICAL
  6. El Canal de Beas
  7. El ‘cacharro’ de la Carchita
  8. La Alquería de Beas según el Libro de Apeo de Bienes de 1572.(1)
  9. El Tesoro del Fraile
  10. II PLAN DE IGUALDAD ENTRE HOMBRES Y MUJERES. BEAS DE GRANADA
  11. Ruta desde Beas de Granada a Granada pasando por la Alhambra
  12. La otra Alhambra de Granada: así es la mejor árbitra del mundo de rugby
  13. Alhambra Nievas deja el arbitraje
  14. PRÁCTICAS ÍCARO
  15. RUTA GRANADA BEAS
  16. TEATRO “DOÑA ROSITA LA SOLTERA”
  17. ASAMBLEA MUNICIPAL
  18. Curso de introducción al Bonsái
  19. Recuperando el camino a Beas
  20. De Granada a Beas cruzando por el río Darro
  21. Reapertura de la Biblioteca
  22. Más de medio centenar de senderistas de Almuñécar recorrieron el Valle de Lecrín.
  23. La desconocida ruta por los alrededores de la Alhambra de Granada
  24. Recuperando el camino a Beas
  25. La última piedra de la ‘Casa de la Cultura’ de Beas, al son de los Morente
  26. Ultra Sierra Nevada
  27. Fiestas
  28. Fotos/Documentos antiguos
  29. Naturaleza y Agricultura
  30. Poemas
  31. Refranes
  32. Ensayos y relatos
  33. Diputación
  34. Unión Europea
  35. Gobierno de España
  36. Junta de Andalucía
  37. Municipal
  38. Formularios
  39. Alcaldía
  40. Perfil del contratante
  41. Convocatoria de puestos
  42. Datos de Interés
  43. El Municipio
  44. Recuperando caminos
  45. Encuestas!
  46. Suscríbete
  47. Recogida de firmas
  48. Asociaciones
  49. Novedades
  50. Datos económicos
  51. GALERIA AYUN. BEAS
  52. Deportes
  53. Ocio, cultura y educación
  54. Gastronomía
  55. Ferias, fiestas y promociones
  56. hitos de interés
  57. Historia de la ciudad
  58. Enlaces de interés
  59. Lugares destacados
  60. El tiempo local
  61. Carta de Servicios
  62. Presupuesto Municipal
  63. Plan de ordenación urbana
  64. Ordenanzas Municipales
  65. Actas, Juntas de Gobierno y Plenos recientes
  66. Solicitudes/licencias
  67. SEDE ELECTRONICA
  68. Otras dependencias
  69. Casa de la Cultura
  70. Casa Consistorial
  71. Responsables Servicios Múltiples
  72. Directorio de Responsables Administrativos
  73. Organismos y empresas municipales
  74. Normativa municipal
  75. Concejalias
  76. Corporación municipal
  77. Saluda del alcalde
lunes, abril 22, 2019
  1. Directorio de empresas
  2. Ruta hacia el Cerro Buenavista por las Canteras de Puerto Blanco
  3. XVIII FESTIVAL INTERNACIONAL DE CANTAUTORES Y CANTAUTORAS
  4. Mi viaje, por John Johnson
  5. GRAN MUSICAL
  6. El Canal de Beas
  7. El ‘cacharro’ de la Carchita
  8. La Alquería de Beas según el Libro de Apeo de Bienes de 1572.(1)
  9. El Tesoro del Fraile
  10. II PLAN DE IGUALDAD ENTRE HOMBRES Y MUJERES. BEAS DE GRANADA
  11. Ruta desde Beas de Granada a Granada pasando por la Alhambra
  12. La otra Alhambra de Granada: así es la mejor árbitra del mundo de rugby
  13. Alhambra Nievas deja el arbitraje
  14. PRÁCTICAS ÍCARO
  15. RUTA GRANADA BEAS
  16. TEATRO “DOÑA ROSITA LA SOLTERA”
  17. ASAMBLEA MUNICIPAL
  18. Curso de introducción al Bonsái
  19. Recuperando el camino a Beas
  20. De Granada a Beas cruzando por el río Darro
  21. Reapertura de la Biblioteca
  22. Más de medio centenar de senderistas de Almuñécar recorrieron el Valle de Lecrín.
  23. La desconocida ruta por los alrededores de la Alhambra de Granada
  24. Recuperando el camino a Beas
  25. La última piedra de la ‘Casa de la Cultura’ de Beas, al son de los Morente
  26. Ultra Sierra Nevada
  27. Fiestas
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  29. Naturaleza y Agricultura
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  75. Concejalias
  76. Corporación municipal
  77. Saluda del alcalde
El ‘cacharro’ de la Carchita

Autor: Óscar Mesa Medina

– ¡Salas! – gritó un hombre desde la loma. Ramón alzó la mano para devolver el saludo a su quinto Muleto, sentado a la sombra de una encina enorme. Llegó de Diezma no hacía mucho para casarse con la hija del Juanela y levantar la primera casa bajando carril abajo por la Plaza Alta.

Ramón silbó y Sultán corrió camino arriba hasta él. Era un buen perro cruzado de pastor alemán, de pelaje arrebolado en tonos marrones. El animal más fiel que había tenido.

– ¡Tráela, tráela! – azuzó al perro, que corrió reuniendo a las ovejas para bajarlas al camino. Los ladridos se escuchaban entre los matorrales más allá del río.

Se agachó para enjugarse la cara con la refrescante agua del Río Beas observado por las imponentes encinas y la solitaria casa del Muleto carril arriba. Vació la bota de agua tibia y la rellenó con agua clara y fresca. Una vez, el Evaristo le dijo que cuando el hombre no pueda beber del agua que mana de su tierra, estará perdido. De eso hacía mucho, quizá 10 o 15 años, y aún se podía beber del arroyo y del río. Como toda la vida. Hacía mucho, desde luego.

El Rey no estaba…”, pensó frunciendo el ceño. Seguro que Antonio Maura no, que acababa de empezar su tercer gobierno esta primavera. Todo el mundo alabó al Ministro de Alfonso XIII, menos aquellos ‘alemanicos’ de Renovación Española, ¡qué sabrán! No llevaría tres gobiernos si fuera malo; y decían que este no acabaría en la próxima primavera, que llegaría hasta 1919, o 1920. No tenía que haber leído aquella sarta de mentiras cuando bajó a San Agustín a vender los huevos de esa semana. Su mulo Negro era viejo, pero aún bajaba rápido hasta el Sacromonte por el Camino de los Moros. Decía su María que desde Jesús del Valle, mirando alrededor, “tenías el mundo en las manitas”.

Volvió en sí, a la realidad que le rodeaba. Ya había parado bastante y Sultán había traído a las ovejas. Las contó, estaban las 30. Se apoyó en el cayado para ponerse en pie, se colgó la bota y el zurrón y se ajustó el sombrero. Cogió una espiga para que la boca no se le secara y se adentró en las alamedas del Camino del Nacimiento, siempre a la verita del río, agosto era un mes seco y caluroso. Sultán trotaba por el barro cuando las ovejas le daban tregua.

Entre los balidos y las amenazas de Sultán llegaron a las Nogueras de la Cándida, pero él siempre paraba algo más adelante, junto al peñón que se ofrecía bajo la densa sombra de la Noguera del Camuñas, un inmenso tronco imposible de abrazar cubierto por una corteza negra que delataba sus más de 400 años. El calor del sol hacía densos y pegajosos los aromas del campo y alguna chicharra empezaba a escucharse entre los chopos. En la gigantesca noguera hizo otro descanso para que pastaran sus ovejas. Era un sitio fresco y la hierba siempre crecía verde, pero tardó mucho en mandar a Sultán que reanudase la marcha. Pararían más arriba, en la cueva.

Continuó hasta que los zarzales le cerraron el paso y los apartó a varazos. Allí comenzó a subir por los peñones como una oveja más hasta que llegó a la vereda de la cueva. El río no bajaba con demasiada vida por el pedregoso caudal otrora anegado. Se dio un manotazo matando a un tabarro que se cebaba con su brazo. Pocas cosas odiaba más que aquellos bichos.

Se acercaba el mediodía y tenía hambre. Apretó el paso por la veredilla que bordeaba el curso reseco del río, cuyos saltos de agua eran paredes de piedra por las que se derramaba un hilillo de agua. Llegó a la Cueva de la Carchita con el sol alto en los cielos y se extrañó de no encontrar a nadie más.

– ¡Tráela, Sultán, tráela! – mandó al perro, que reunió a las ovejas ladrando las órdenes de su amo.

Tenía que llegar al Cerro de la Mimbre y guardar a las ovejas, pero no tenía ganas de volver a casa, no ese día, no a esa cama. Iría al Barranco del Junquillo, o al de la Zorra, y pasaría la noche en la Cueva. Había restos de un fuego y algún cartucho de caza en la cueva, olía a leche hervida y a carne asada, pero era pronto para que hubieran almorzado. Los pastores y los cazadores siempre se reunían allí, era extraño que estuviera solo. Prefería desde luego la compañía de otros.

Llevaba en el zurrón dos tripas de embutido, una bota de mosto casi vacía y un pedazo de pan de leña. Se sentó en una piedra fresca y húmeda y engulló los alimentos que le había preparado su María. Tenía mucha hambre, desde media mañana el sol no le dio tregua y ya no estaba para tantas caminatas. Dio el último trago al vino mosto y guardó la bota en el zurrón. Tendría que haberla llenado entera.

Echó su manta de borrego al suelo y se tumbó sobre ella haciéndose un hueco entre las piedrecillas. Observó el húmedo techo de la cueva sin pensar en nada. Sultán se tumbó junto a él con los ojos abiertos, vigilante de las ovejas que pastaban ladera abajo. Tenía los ojos cansados, los párpados le pesaban. Trató de forzar la vigilia por si llegaban otros a la cueva, tenía ganas de hablar con alguien. Comenzó a ver borroso y cerró definitivamente los ojos.

Abrió los ojos asustado. ¡Era de noche! ¡Se había pasado toda la tarde durmiendo! Se incorporó y se secó el sudor de la frente. Sultán había reunido a las ovejas junto a la cueva y las guardaba, pero faltaba una. Estaba nervioso y le transmitió su inquietud. Se puso en pie y caminó hasta la entrada. Oteó los cerros buscando a la oveja, a su ladrón o a su cazador. No vio nada, solo las lomas grises y las sombras de los árboles con el oscuro manto estrellado que se cernía sobre ellos. Acarició la cabeza de su perro para tranquilizarlo. Cada oveja que se perdía le costaba dinero. ¿Cómo podía pasarle otra vez? Por la mañana la buscaría, si estaba viva. Los lobos merodeaban la Sierra de Huétor y la Alfaguara, y no estaban tan lejos; quizá alguno se hubiera adentrado en los cerros de Beas. Sultán era fuerte, pero no quería perderlo peleando con los lobos.

Se tumbó en la entrada y rebuscó en el zurrón un puñaico de los garbanzos tostados que Camuñas vendía en la Plaza Alta durante la semana de las Fiestas. Observó las estrellas que enjoyaban el cielo. Si hubiera podido estudiar querría haber estudiado las estrellas, pero su familia no era pudiente, eran pastores, gente que trabajaba el campo, no señoritos con fincas y que conducían sus Benz, Daimler o Steyr en lugar de un mulo. El cielo era un mundo que le fascinaba, no el cielo de Dios, no era cosa de los hombres intentar conocer el Cielo hasta que Dios no los llevara con Él. Le fascinaban la astrología y la astronomía. Leyó alguna gaceta en sus viajes a Granada. Por suerte sí que aprendió a leer, le enseñó el maestro por las tardes, cuando regresaba de pastorear con su padre. Siempre quiso aprender más de lo que le enseñaron.

Sacó del zurrón su cajetilla de Ideales y el mechero de yesca. Tenía que cambiarle el pedernal. Prendió el cigarrillo y dejó escapar el denso humo blanquecino, que se elevó al cielo. Tomó una gran bocanada del fresco aire nocturno y tosió. Se masajeó el pecho. Cada vez que tosía el miedo recorría su estómago: no quería coger la gripe de los franceses. Aquella maldita epidemia se había llevado muchas vidas ese año. Dio otra calada perdiendo la vista en los cerros grisáceos.

Si Dios vivía en los cielos, ¿dónde estaría? No había más que estrellas, decían que eran enormes, pero las veía como pequeñas pelotitas luminosas. Venus se alzaba sobre la Sierra de Huétor. Quizá estuviera allí, era bastante más grande… pero amarillo. Quizá aquello fuera el Infierno, aunque decían que la tierra te engullía para llevarte allí; pero ninguno de ellos había estado nunca.

Vino a su memoria otra vez, no había podido olvidarlo. El pasado enero, con El Lejío tan nevado que no se diferenciaba del Mulhacén, los niños se tiraban en sacos hasta Las Heras y rodaban bolas de nieve hasta la Plaza de la Iglesia. Un enero especialmente frío, los que tenían más hambre murieron de frío aunque dijeran que se los llevó la gripe.

Podía recordarlo con la nitidez de lo que veía ahora mismo. Aquella noche se despertó bruscamente, estaba totalmente despierto pero no podía moverse. Cuanto más intentó moverse más se angustiaba. Estaba como atrapado en su propio cuerpo. Intentó llamar a su María, mover la cama, gritar, pero no podía hacer nada. Estaba dormida junto a él sin darse cuenta de nada. Creía que estaba muerto, o muriéndose, hasta creyó ver la Luz de Dios. Sentía gente a su alrededor, pero no veía nada, no podía moverse, solo veía el techo y los pies de la cama. Por el rabillo del ojo intuía sombras que se movían a su alrededor, tenía sus ojos clavados en la nuca. Jamás había sentido tanto miedo. Un repiqueteo de campanas resonó en toda la habitación, pero su María no se despertaba. Sintió el sudor frío manando de su rostro, cayendo hasta la almohada por las orejas. Pero no podía moverse. Las figuras se congregaron a los pies de la cama. Eran sombras demoníacas. La muerte venía a buscarle. Quizá fuera la Marcha de las Ánimas, su mujer le rezaba cada noche para que le despertasen. Aquellas figuras se condensaban en una sola y se dividían en miles de ojos. El corazón le iba a explotar de miedo, algo le comprimía con fuerza el pecho y le costaba respirar. Daba bocanadas sin éxito, lo iban a matar. Finalmente las sombras desaparecieron y poco a poco fue tomando el control de su cuerpo. No quiso contárselo a su María, ni a sus hijos, ni a nadie. El demonio lo había visitado, estaba seguro, y nadie debía saberlo o estaría marcado.

– Ramón – escuchó a su espalda.

Se giró como un resorte pero no encontró a nadie. La oscuridad era densa como el fango.

– Ramón – repitió una voz queda, desvanecida, lejana. Casi un susurro junto a su oreja. El pecho se le encabritó.

Se puso en pie y salió de la Carchita. Quería echar a correr, pero de noche era peligroso bajar el monte, y no podía dejar allí a las ovejas. Creyó escuchar un silbido continuo, lejano. Agudizó el oído. El silbido se hacía más nítido, cada vez más evidente y molesto. Un silbido incesante que comenzaba a taladrarle los tímpanos. Trató de buscarlo, pero no encontraba nada que silbara así. ¡Nada silbaba así!

– ¿Hola? – gritó. Sultán vino a su lado nervioso. Ladró varias veces. Tenía el silbido incrustado en la cabeza –. ¡Busca!

El perro subió por el lateral de la cueva y comenzó a ladrar desde la loma. Algo había visto en el suelo. El silbido cesó por fin. Subió por la ladera de la cueva agarrándose a las sabinas hasta donde estaba su perro. Le ladraba a un ‘cacharro’ extraño, como una campana de plata con unas luces que centelleaban en tonos azulados. Al acercarse notó una sensación extraña en el pecho y se acercó instintivamente. También Sultán, que enseñaba los dientes emitiendo un gruñido seco.

El aparato comenzó a parpadear más rápido y a emitir aquél silbido que le taladraba el pensamiento. Sultán ladraba histérico, lo escuchaba más lejos con cada ladrido.

Todo se volvió blanco.

Abrió los ojos aturdido, como si hubiera pasado la noche bebiendo. El sol le cegó y se cubrió para ir acomodándose.

– ¡Papa! ¡Papa! – gritó su Ramoncico corriendo por la loma. Sultán se abalanzó sobre él y le lamió el rostro hasta que terminó de desperezarse y se lo quitó de encima. Su niño le ayudó a ponerse en pie –. Sultán ha venido a casa y me ha traído corriendo, ¿qué ha pasado?

Se lo contó todo, aunque apenas recordaba que pasó desde el fogonazo blanco sí que tenía algunas palabras formadas en su cabeza, imágenes, números…

– Esta navidad hay que comprar lotería – le dijo a su hijo –. 05605 ¡Escríbelo! ¡05605!

– Papa, ¿qué dices? – respondió incrédulo su hijo.

– ¡05605! – insistió –. Hay que comprar ese número.

Cogió barro del suelo y se lo escribió en el brazo. No podía olvidarlo, aunque resonaba en su cabeza.

– Sé que las ovejas están en Las Mimbres, sé que pronto se acabará el rey. Sé muchas cosas… – volvió a decirle a su Ramoncico –. ¿Recuerdas cuándo volverán a traer ese ‘cacharro’?

– El 24 de agosto, cada 100 años – respondió su hijo –. Eso es dentro de mucho.

– Yo no lo veré, ni tú, pero díselo a tus hijos, y que estos se lo digan a los suyos.

– Lo haré.

– ¡Vamos! – exclamó Ramón emprendiendo el camino ladera abajo.

Las ovejas se habían perdido y tenía tarea por delante.

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