1. Nuestro punto de partida
  2. El Paso del Río Darro
  3. ¡Comenzamos la temporada de ‘Recuperando Caminos’!
  4. Curso básico de iniciación a la apicultura
  5. Escuela de Adultos
  6. Resumen y datos de agricultura, ganadería y pesca en Granada
  7. Beas de Granada en flamenco
  8. San Roque, el Espía de Dios
  9. «Compartimos amor, confianza y respeto»
  10. GDR Alfanevada
  11. Gimnasio
  12. El Fraile lector
  13. El Vermu Del Finde, de EsRadio nos visitó en plena celebración de Fiestas
  14. Fiestas 2019.. Adios!
  15. Beas está de fiesta
  16. Beas es Cultura y Deporte
  17. El proceso de creación de nuestro Parque Natural
  18. El Reino de Granada en los siglos XV y XVI. Los cortijos del término de Granada: Cortijo de Cortes y el Pago del Río Beas. Las Tierras de Beas
  19. El Señorío de Veas
  20. Fiestas Patronales 2019
  21. Parque Natural de la Sierra de Huétor
  22. La Alquería de Beas según el Libro de Apeo de Bienes de 1572 (2ª Parte)
  23. Comisiones Informativas Permanentes
  24. Evolución histórica de Beas de Granada
  25. La Orquesta Ciudad de Granada nos visita el próximo 13 de Julio
  26. Verano Cultural y Deportivo 2019
  27. La subida ciclista Sierra Nevada Al Límite pasará por Beas de Granada
  28. Verano Cultural y deportivo – 28,29,30 Junio
  29. El Canal de Beas y Quéntar
  30. Aficionados a los minerales de todo el mundo se dan cita un año más en Beas de Granada
  31. Comienza a andar la nueva legislatura en Beas de Granada
  32. El ‘cacharro’ de la Carchita
  33. La Alquería de Beas según el Libro de Apeo de Bienes de 1572.
  34. Ultra Sierra Nevada
  35. Recuperando el camino a Beas
  36. Más de 4.000 personas participarán en los programas de participación y sensibilización de espacios naturales de la provincia
  37. “Si la mujer no es visible en el campo, se va la vida”
  38. Fiestas
  39. Fotos/Documentos antiguos
  40. Naturaleza y Agricultura
  41. Poemas
  42. Refranes
  43. Ensayos y relatos
  44. Recopilados enclaves inéditos de la Sierra de Húetor
  45. Un nuevo libro-guía acerca enclaves inéditos de la Sierra de Huétor
  46. Diputación
  47. Unión Europea
  48. Alhambra Nievas: “El mundo necesita más rugby”
  49. Miguel Heras vuelve a ganar la Ultra Sierra Nevada
  50. Gobierno de España
  51. Junta de Andalucía
  52. Municipal
  53. Formularios
  54. Alcaldía
  55. Senderistas sexitanos recorrieron la ruta entre Almayate y El Palo, en Málaga
  56. Plan de Igualdad
  57. Perfil del contratante
  58. Convocatoria de puestos
  59. Datos de Interés
  60. El Municipio
  61. Recuperando caminos
  62. Encuestas!
  63. Recogida de firmas
  64. Entidades, Asociaciones y grupos de desarrollo
  65. Directorio de empresas y profesionales
  66. La Ultra Sierra Nevada, un desafío de altura
  67. Ultra Sierra Nevada
  68. Datos económicos
  69. Galería multimedia
  70. Deportes
  71. Ocio, cultura y educación
  72. Gastronomía
  73. Para este 8 de marzo, 17 mujeres cuentan qué quieren este año en la lucha feminista
  74. Ferias, fiestas y celebraciones
  75. hitos de interés
  76. Historia del municipio
  77. Enlaces de interés
  78. Lugares destacados
  79. El tiempo local
  80. Presupuesto Municipal
  81. Plan de ordenación urbana
  82. Ordenanzas Municipales
  83. Actas, Juntas de Gobierno y Plenos recientes
  84. Solicitudes/licencias
  85. SEDE ELECTRONICA
  86. Otras dependencias
  87. Casa de la Cultura
  88. Casa Consistorial
  89. Directorio de Responsables Municipales
  90. Organismos y servicios municipales
  91. Normativa municipal
  92. Concejalias
  93. Corporación municipal
  94. Saluda del alcalde
martes, febrero 25, 2020
  1. Nuestro punto de partida
  2. El Paso del Río Darro
  3. ¡Comenzamos la temporada de ‘Recuperando Caminos’!
  4. Curso básico de iniciación a la apicultura
  5. Escuela de Adultos
  6. Resumen y datos de agricultura, ganadería y pesca en Granada
  7. Beas de Granada en flamenco
  8. San Roque, el Espía de Dios
  9. «Compartimos amor, confianza y respeto»
  10. GDR Alfanevada
  11. Gimnasio
  12. El Fraile lector
  13. El Vermu Del Finde, de EsRadio nos visitó en plena celebración de Fiestas
  14. Fiestas 2019.. Adios!
  15. Beas está de fiesta
  16. Beas es Cultura y Deporte
  17. El proceso de creación de nuestro Parque Natural
  18. El Reino de Granada en los siglos XV y XVI. Los cortijos del término de Granada: Cortijo de Cortes y el Pago del Río Beas. Las Tierras de Beas
  19. El Señorío de Veas
  20. Fiestas Patronales 2019
  21. Parque Natural de la Sierra de Huétor
  22. La Alquería de Beas según el Libro de Apeo de Bienes de 1572 (2ª Parte)
  23. Comisiones Informativas Permanentes
  24. Evolución histórica de Beas de Granada
  25. La Orquesta Ciudad de Granada nos visita el próximo 13 de Julio
  26. Verano Cultural y Deportivo 2019
  27. La subida ciclista Sierra Nevada Al Límite pasará por Beas de Granada
  28. Verano Cultural y deportivo – 28,29,30 Junio
  29. El Canal de Beas y Quéntar
  30. Aficionados a los minerales de todo el mundo se dan cita un año más en Beas de Granada
  31. Comienza a andar la nueva legislatura en Beas de Granada
  32. El ‘cacharro’ de la Carchita
  33. La Alquería de Beas según el Libro de Apeo de Bienes de 1572.
  34. Ultra Sierra Nevada
  35. Recuperando el camino a Beas
  36. Más de 4.000 personas participarán en los programas de participación y sensibilización de espacios naturales de la provincia
  37. “Si la mujer no es visible en el campo, se va la vida”
  38. Fiestas
  39. Fotos/Documentos antiguos
  40. Naturaleza y Agricultura
  41. Poemas
  42. Refranes
  43. Ensayos y relatos
  44. Recopilados enclaves inéditos de la Sierra de Húetor
  45. Un nuevo libro-guía acerca enclaves inéditos de la Sierra de Huétor
  46. Diputación
  47. Unión Europea
  48. Alhambra Nievas: “El mundo necesita más rugby”
  49. Miguel Heras vuelve a ganar la Ultra Sierra Nevada
  50. Gobierno de España
  51. Junta de Andalucía
  52. Municipal
  53. Formularios
  54. Alcaldía
  55. Senderistas sexitanos recorrieron la ruta entre Almayate y El Palo, en Málaga
  56. Plan de Igualdad
  57. Perfil del contratante
  58. Convocatoria de puestos
  59. Datos de Interés
  60. El Municipio
  61. Recuperando caminos
  62. Encuestas!
  63. Recogida de firmas
  64. Entidades, Asociaciones y grupos de desarrollo
  65. Directorio de empresas y profesionales
  66. La Ultra Sierra Nevada, un desafío de altura
  67. Ultra Sierra Nevada
  68. Datos económicos
  69. Galería multimedia
  70. Deportes
  71. Ocio, cultura y educación
  72. Gastronomía
  73. Para este 8 de marzo, 17 mujeres cuentan qué quieren este año en la lucha feminista
  74. Ferias, fiestas y celebraciones
  75. hitos de interés
  76. Historia del municipio
  77. Enlaces de interés
  78. Lugares destacados
  79. El tiempo local
  80. Presupuesto Municipal
  81. Plan de ordenación urbana
  82. Ordenanzas Municipales
  83. Actas, Juntas de Gobierno y Plenos recientes
  84. Solicitudes/licencias
  85. SEDE ELECTRONICA
  86. Otras dependencias
  87. Casa de la Cultura
  88. Casa Consistorial
  89. Directorio de Responsables Municipales
  90. Organismos y servicios municipales
  91. Normativa municipal
  92. Concejalias
  93. Corporación municipal
  94. Saluda del alcalde
El Paso del Río Darro

Autor: Óscar Mesa Medina

Adib deshizo el delicado nudo que cerraba su bolsita de cuero y extrajo varias monedas de ella entre las sombras del pasaje. Si las buscaba junto a los guardias, el precio subiría indudablemente. Eso lo sabía cualquier mercader. Apenas se filtraba algún rayo de luz a través de la piedra que cerraba la entrada desde el mercado, pero con el peso y el tacto le bastaba para diferenciar unas monedas de otras. Incluso ciego hubiera podido hacerlo.

Contó tres felus de cobre para cada uno de los hombres de armas, ya había pagado “el Paso del Río” en otras ocasiones. Llamaban así al túnel por hallar su salida cerca del Río Darro en su infatigable bajaba hasta la ciudadela y el Generalife. Solo aquellos que tenían algo que esconder a la guardia de Boabdil o a las compañías cristianas que comenzaban a asentarse más allá del valle hasta la vega, conocían el Paso del Río. En aquellos momentos el Reino de Granada era un tenso hervidero de lanzas y caballos. Pronto las cornetas marcarían el inicio de la guerra, por más el sultán tratase de evitarlo enviando infructuosas comitivas negociadora, que fracasaron una tras otra.

Palmeó el trasero de su vieja burra Azahar y ésta continuó la marcha, inquieta, a través de los túneles que se extendían bajo La Sabika para salir a la luz del Río Darro, más allá de las cuevas de los gitanos. El silencio de la montaña tan solo era quebrado por las gotas de agua que se dejaban caer desde el techo, los crujidos de la carreta y el golpeteo de los cascos de Azahar, que se multiplicaban con el eco de las paredes yermas.

Se enjugó la frente con la manga de su camisa, la humedad y el calor eran insoportables allí dentro, aunque el último sol del verano se escondió hacía semanas. Entrecerró los ojos tratando de enfocar con mayor nitidez entre la penumbra. El final estaba cerca. Escuchó con atención el interior de la carreta.

  • Estamos llegando, no puedes hacer ningún ruido – dijo Adib a través de la raída lona que cubría carro.

No obtuvo respuesta. Tampoco la esperaba.

Tiró de las riendas para que Azahar detuviera la marcha. La burra era vieja y no veía tan bien como antaño. Bufó molesta por el tirón. Adib introdujo dos dedos en su boca y silbó 3 veces, el último más corto que los anteriores. Escuchó apartar la tierra amontonada fuera, que cayó por las rendijas de la puerta. Finalmente abrieron los guardias y cuatro lanzas le inquirían amenazantes. Adib se mostró con una calma exquisita, aunque su corazón latía desbocado.

  • ¿Quién eres? – preguntó uno de los guardias con altivez. Otro de ellos tomó las riendas de la burra. Notó el frío de una de las lanzas acariciando su mejilla.
  • A… dib – respondió rompiendo su disfraz de serenidad.
  • ¿Cómo conoces este camino? – preguntó amenazante un guardia veterano. Una espesa barba salpicada de canas le cubría el rostro y el cuello. Era un hombre enorme y peludo, un oso enfundado en la heráldica de Boabdil.
  • Voy a Quayart Biyas para cargar seda y vino – respondió Adib. Le temblaban las piernas, quería salir de allí rápido. Si notaban su malestar registrarían el carro –. Ya vendí cuanto llevaba, esta es la ruta más corta.
  • ¿Qué hay en el carro? – insistió el veterano –. ¡Mirad detrás!

Sin duda habían notado su nerviosismo. Tragó saliva. No intentó negarse ni buscó excusa alguna, eso solo haría que hurgaran con mayor interés. Creía haber escondido bien su mercancía. Abrieron los barriles, empujaron las rafias y las telas, sacudieron la lona de la carreta y miraron bajo el carro. Adib sonrió disimuladamente.

  • No llevo nada – insistió al veterano.
  • Conoces el precio – replicó el oso, tendiendo la mano.
  • Sí – asintió Adid. Se apresuró a colocar tres felus de cobre en cada mano. Sabía de sobra que si los colocaba todos en la misma mano no tendrían peleas entre ellos, si no que le exigirían el mismo pago aquellos que tuvieran las manos vacías.

Los guardias se apartaron en silencio y azuzó a Azahar para que apretara el paso por el camino.

Desde allí era sencillo. No tenía más que seguir la vereda del río, dejándolo siempre a su derecha, hasta que no tuviera más remedio que cruzarlo. Cruzado una segunda vez, los marjales, los olivares y las frondosas moreras donde criaban los gusanos de seda le envolverían y las casas de Quayart Biyas se encontrarían frente a él. Cristianos y musulmanes convivían en aquellas tierras, que pertenecían al alfoz de Granada.

Cuando el camino dio un requiebro, y confiando en que los guardias se afanarían en tapar con matojos y tierra la puerta tan pronto como pudieran, detuvo el carro y bajó de un salto. Había sido un puro impulso, ya no tenía edad de ir saltando y se le resintieron las rodillas. A punto estuvo de caer de bruces sobre el espeso manto acaramelado del otoño. Abrió la lona trasera, apartó los barriles de roble vacíos y tocó tres veces en el suelo, dejó unos segundos y tocó una cuarta vez.

  • Estamos solos – dijo.

Se corrió un cerrojo bajo la madera y el suelo se levantó. La joven Zahira asomó temerosa la cabeza para respirar aire fresco. El velo de seda enjoyado que normalmente cubría su rostro estaba revuelto y descolocado por el viaje. Notó el miedo en sus ojos.

  • Tranquila – le dijo Adib ofreciéndole la calabaza para que bebiera algo de agua. No gustaban a Adib el regusto del pellejo o del metal en la bebida –. Ya cruzamos el Paso del Río y vamos hacia el Este. Pronto llegaremos a Quayart Biyas y allí pasaremos la noche.
  • ¿Hay cristianos allí? – preguntó Zahira con voz trémula.
  • Los hay, también hay árabes, pero no es como en la ciudad, no es como al Norte – respondió Adib tratando de dar toda la confianza posible a sus palabras –. Allí las gentes no batallan, no hay rencores. Lejos les queda la guerra que se avecina sobre tu padre.
  • ¿Debo volver al cajón?
  • No – respondió rápidamente Adib –. Pero no debes vestir así. Traje ropa más humilde de mi esposa.

Le tendió la mano y tiró de ella para ayudarle a salir del falso suelo del carromato. Con agilidad felina se escurrió por la parte trasera hasta pisar tierra. Adib rebuscó entre sus pertenencias la ropa de su amada Shadía. Nada que ver con la princesa.

Shadía era mayor, como él, de caderas anchas y hombros fuertes. Zahira era una chiquilla. No sabía cuantos inviernos habría contado, pero no serían más de 13 o 14. Nada tenían que ver la una con la otra. Observó sus ropajes de sedas tintadas en tonalidades rosadas, purpúreas y moradas; las joyas que pertenecieron a su madre, y antes a su abuela; los dientes intactos, el cabello negro como el azabache, ondulado como las dunas del desierto. Y sus ojos, dos esmeraldas inquietas que quizá fueran la primera vez que no veían a un familiar cerca. En otra época la hubiera deseado como esposa. Pero ni él mantenía la libido de antaño, ni un mercader podría aspirar a casarse con la hija de rey Muhammad XII, a quien todos recordarían como Boabdil. Observó su ropa sobria y áspera, sus tonos marrones y grises, la tristeza y el desgaste contrastarían indudablemente con la luz de la princesa tanto como la barba canosa y las arrugas de su rostro. Sonrió autocomplaciente y bajó la mirada.

  • Sube al carro, allí podrás cambiarte – le indicó – Yo esperaré fuera.

Cuando Zahira ibn Muhammad salió del carro, bien podría ser una chiquilla los arrabales que le hubieran vendido sus padres en cualquier parada de su viaje, quizá a cambio de comer caliente durante un año.

Subieron al carro, esta vez ambos sentados en el asiento delantero. Con varios chasquidos de la lengua, Adib logró que la burra comenzara la marcha parsimoniosa, melancólica como el cielo que se nublaba sobre ellos.

Recorrieron los pocos kilómetros que les separaban de la alquería de Quayart Biyas, por un pequeño sendero apenas marcado en la montaña y rodeado por un espeso encinar que se extendía a ambos lados del río. Los robustos abetos y los chopos asomaban las copas entre el follaje espinoso de las encinas. Más arriba en la montaña, la roca y la abulaga acosaban a los pocos quejigos que se mantenían en pie. Si se prestaba la suficiente atención, se diferenciaban algunos paraísos entre la espesura.

Subieron durante una hora por el estrecho camino sombreado, hasta acabar encallados en un denso fango grisáceo, seguramente provocado por el paso del río bajo sus pies. Allí tuvieron que bajar del carro y ayudar a la vieja Azahar a tirar de la carga hasta llegar al paso del río. Hundieron los pies hasta las rodillos para empujar el carromato desde atrás mientras Adib azuzaba a la burra para que tirase con más fuerza. La corriente era fuerte, pero si se mantenían firmes no les llevaría. Había cruzado muchas veces por allí.

Continuaron a la sombra de las encinas hasta cruzar de nuevo el río, esta vez mucho menos caudaloso. Hasta allí llegaron algunas fincas con sembrados, olivos, almendros y moredas. Aunque aquellas tierras no pertenecían a los cristianos ni a los moriscos que habitaban Beas, tampoco el Sultán vigilaba demasiado sus quehaceres y disputas.

Sobre la loma divisaron las primeras casas de la alquería, humildes y antiguas. El camino se convertía en una cuesta pronunciada para llegar a ellas. Algunas señoras enjugaban sábanas en unos lavaderos de piedra al principio de la subida, pero pronto abandonaron su tarea para observar a los extraños. Eran tiempos de mercadeo, él lo sabía, de lo contrario las señoras hubiera mostrado inquietud en sus rostros.

Zahira saludó con una reverencia, pero el posó la mano para evitar que intercambiara palabra alguna con ellas.

  • Nos harán muchas preguntas – le dijo a la joven –. Y no sabremos responderlas todas.

La cuesta desembocaba en una pequeña plaza dominada por una iglesia recia y sencilla, como las gentes que en ella rezaban. Junto a ella se mantenían en pie los cimientos de un castillo otrora glorioso y amenazante.

  • Pasaremos la noche en la alquería y llenaremos el carro con víveres – le dijo a la princesa –. Nos queda un viaje largo hasta el puerto de Córdoba. Para embarcar en el río hay muchas menos preguntas que en cualquier otro puerto del sur, y allí nos espera Muhammad El Hamdi. Desde Córdoba bajaremos por el río hasta el puerto de Sevilla.
  • Si mi padre no me hubiera tenido en palacio… – se lamentó Zahira.
  • .. – le mandó callar Adib –. No hables con nadie. No hables de nada. Aquí las paredes tienen ojos y la oreja más despistada no olvida aquello que llega a ella como un rumor.

Adib pasó lo que quedaba de tarde de puerta en puerta, buscando un lecho donde dormir hasta que nadie recordase su marcha. Sin embargo, los posaderos eran reticentes por su aspecto. No parecían querer bereberes bajo su techo, no en tiempos de preguerra al menos. Quizá temiendo ser usados por los bereberes, quizá temiendo ser represaliados por los cristianos. Siempre se sintió bien acogido por aquellas gentes humildes y trabajadoras, pero era una época difícil.

Finalmente, logró un caliente y húmedo lecho en el alacena de una posada junto a la Iglesia. Dispusieron dos lechos de paja en la pared que daba al establo, donde gallinas y conejos correteaban en busca de alguna semilla. Un lugar indigno para una princesa, pero más seguro que dormir en el carro, a expensas de cualquier desalmado que vagase por aquellas tierras. No temía a los lugareños, sí a los viajeros que, como él, hacían noche en la alquería.

Allí durmieron, sin apenas hablar el uno con el otro, tras vaciar con parsimonia los cuencos de sopa caliente que les trajo la mujer del posadero, Juan, al que apodaban El Conejero por algún motivo que se le escapaba. Ella, claro, al ser su esposa era conocida como Jimena La Conejera.

Cuando despertó la princesa ya la esperaba en la puerta del Conejero con el carro listo y las provisiones negociadas y guardadas para el viaje. No comerían nada en Quayart Biyas, no había tiempo que perder. Córdoba les esperaba.

Zahira ibn Muhammad seguramente no pasaría a la historia, como lo harían sus hermanos, que aguardaron junto a su padre la llegada de los cristianos a las puertas del Reino de Granada. Pero Boabdil al menos se aseguró que podría tener un futuro lejos de aquella locura.

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